¿Son los aranceles la solución? Una mirada al trasfondo del modelo económico de EE.UU.
Los nuevos aranceles de EE.UU. exponen un problema más profundo: un modelo económico insostenible, sostenido por el dólar como moneda global. Aunque pueden aliviar el déficit, la raíz del problema es
¡Hola a todos!
Esta semana quisimos hacer zoom sobre un tema que no ha pasado por desapercibido entre titulares, los aranceles de EE.UU. y sus implicaciones comerciales.
El debate arancelario no solo abrió una nueva etapa de tensión comercial, sino que dejó en evidencia algo mucho más estructural: la posible fragilidad creciente del modelo económico estadounidense. Por un lado, todos estamos más atentos al déficit comercial crónico del país; por otro, sabemos que esta dinámica, sostenida por décadas, está llegando a un límite difícil de ignorar.
Porque sí, tener déficit comercial no siempre es malo. De hecho, economías como India lo han manejado durante décadas mientras crecían a buen ritmo.
Pero el problema aparece cuando ese déficit es persistente y se alimenta, no de inversión productiva, sino de sobreconsumo y mala asignación de recursos.
Ese ha sido el caso de EE.UU. durante años. Lo único que le ha permitido seguir operando así, es su rol como emisor de la moneda de reserva global. Como el dólar es refugio, su deuda sigue siendo apetecible y es posible seguir cubriendo dicho deficit… hasta que deja de serlo.
Por ejemplo, durante el COVID vimos un adelanto de ese riesgo: el mundo se quedó sin liquidez y los países se vieron obligados a liquidar bonos del Tesoro en masa. Esto presionó al dólar con fuerza. ¿La respuesta de la Fed? Swap lines de emergencia, impresión masiva de dólares base, y recompra de activos. El resultado fue un periodo inflacionario que aún arrastramos.
Y acá entra en juego la noticia del momento: las nuevas medidas arancelarias de Trump. Muchos creen que ayudarán a reducir el déficit comercial, y quizás algo de eso ocurra. Pero el problema parece más profundo: está en la arquitectura misma del dólar como moneda global.
Vamos a ponerlo en términos más simples. Muchos pensarían que el comercio con EE.UU. funciona así: EE.UU. quiere un bien que, por ejemplo, produce Vietnam. Entonces, EE.UU. ofrece dólares a cambio de ese bien. Pero la cosa no termina ahí. Vietnam sabe que, aunque esos dólares son más valiosos que su moneda local, también conoce la inflación y entiende que si simplemente los guarda, verá sus reservas devaluarse. Por eso, decide usar una parte en EE.UU. y comprar deuda de una de las economías más fuertes y confiables del mundo.
Si lo vemos así, Vietnam entregó bienes tangibles a cambio de una porción de deuda americana. Es decir, EE.UU. recibió bienes que se deprecian con el tiempo, mientras que Vietnam recibió activos que, en teoría, se aprecian.
Este es el dilema de la deuda comercial. A esto se suma que, en muchos casos, EE.UU. ha negociado condiciones algo desiguales a cambio de otros beneficios. Volvamos al caso de Vietnam: EE.UU. acordó asegurar precios de exportación favorables, que incluso en algunos casos resultaban en pérdidas, siempre y cuando Vietnam permitiera la instalación de fábricas estadounidenses en su territorio.
Aquí surge otro problema evidente: EE.UU. “asume el golpe” en lo comercial para beneficiar a sus industrias, pero estas terminan maximizando ganancias e invirtiendo en el extranjero.
Y no me malinterpreten, no sé si los aranceles son la solución. Todo depende de cómo se ejecuten. Por ahora, algunas medidas parecen más un arranque del presidente Trump, pero acuerdos como el que se alcanzó recientemente con el Reino Unido podrían indicar que, tal vez, sí hay una estrategia más diseñada detrás.
Pero bueno, no quiero cerrar este artículo sin ofrecer al menos una posible salida al problema.
Primero, dejemos clara una cosa: hay un punto técnico pero fundamental. Cuando un banco con reservas fraccionarias presta dinero, en realidad está creando dinero. Pero ese dinero no alcanza para cubrir los intereses futuros. Entonces, cada dólar prestado exige más dólares que aún no existen. A escala global, todos los agentes endeudados en dólares enfrentan ese mismo dilema.
Si a eso le sumamos que EE.UU. mantiene déficits comerciales con muchos socios, que esos aliados suelen reinvertir sus ganancias en deuda americana, ganando influencia sobre la economía estadounidense, y que casi todas las transacciones internacionales se hacen en dólares (cada vez por montos mayores), imprimir dinero se vuelve una necesidad matemática. El sistema necesita inflación o una reestructuración para seguir funcionando.
Y lo curioso es que EE.UU. prefiere mantener esa dinámica antes que ceder su posición como emisor de la moneda refugio global. Obligar al mundo a transar en dólares le otorga poder. Además, la mayoría de los países no tiene suficiente moneda local para operar sin el billete verde. Economías como Egipto, por ejemplo, simplemente no podrían importar ni exportar sin dólares. Es un callejón sin salida.
¿O quizás no tanto?
Porque sí, Bitcoin podría ser esa alternativa neutral que hoy parece imposible. No tiene bandera, no depende de bancos centrales y no requiere confianza política. No es una solución mágica (no resuelve la falta de acceso o el uso cotidiano en países emergentes), pero como sistema de liquidación internacional, es difícil encontrar algo más lógico.
Y quién sabe… Trump y su equipo han mostrado más de una vez su simpatía por el mundo cripto. Ya existe la reserva estratégica de BTC. Tal vez entienden que Bitcoin no es solo una inversión, sino una solución.
Porque al final, los aranceles solo atacan una cara del déficit americano. Y seguir imprimiendo dólares parece inevitable. En tiempos así, refugiarse en un activo finito ,con solo 21 millones de unidades, por ejemplo, suena cada vez más lógico.
Nos leemos en la próxima.
Un abrazo,
Charlie B.




